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Tregua navideña para las dietas

por tribilin2005 @ 2005-12-20 - 06:29:46 pm

Saltarse moderadamente el régimen en las fechas festivas, lejos de ser perjudicial, puede ser incluso conveniente desde un punto de vista emocional
Dulces ¿Se ha preguntado por qué algunas personas parecen no tener fuerza de voluntad para seguir una dieta durante un periodo suficiente como para notar sus efectos? ¿O por qué las tentaciones se sienten de forma especial con algunos alimentos mientras que otros parecen no existir? ¿O cuáles pueden ser las razones que llevan a una persona a ingerir más alimentos de los que necesita, a pesar de saber que este comportamiento acabará, antes o después, en unos kilos de más que perjudican su salud?

Circunstancias sociales, personales, psicológicas y emocionales motivan que a muchas personas no les resulte fácil seguir una dieta, sobre todo en días señalados como Navidad, vacaciones estivales, un cumpleaños, una comida familiar, etc., dado el aspecto sentimental que acompaña la celebración de esos días. A estas situaciones se une el hecho de que mucha gente complica su propio seguimiento de una dieta por plantearse objetivos a muy corto plazo o metas inalcanzables, como puede ser perder un número determinado de kilos en pocos meses ante la llegada del verano –la temida “operación biquini”-, ponerse a dieta en Navidad creyendo que es la solución para no caer en la tentación de comer turrón, o llegar a obsesionarse con los alimentos y sus calorías ante la posibilidad de engordar 2 ó 3 kilos en estas fechas.

Huir del “todo o nada”
La renuncia absoluta a algo porque no podemos conseguir todo lo que deseamos, lo que en psicología se denomina mecanismo de “todo o nada”, explica la frustración y el desánimo de no pocas personas, que ven más obstáculos que facilidades para conseguir su objetivo: perder peso o mantenerse en un peso saludable.
Helados Esta actitud aflora con más frecuencia en épocas concretas como los meses previos al verano o a la Navidad, en las que esperamos ver con ansia los resultados de la dieta. Hay que entender que cada persona tiene sus limitaciones y que se debe disfrutar con lo que hemos sido capaces de conseguir hasta ese momento. Por ejemplo: “he comido entremeses y turrón, hoy me salto la dieta y mañana me pongo en orden”. ¿No nos sentiremos mejor así, disfrutando de un pequeño extra, con la tranquilidad de que si nos moderamos el resto del día, en otras celebraciones también nos podremos conceder un capricho?

Algo más que fuerza de voluntad

Una dieta no es algo tan simple como ajustarse a las calorías que una persona necesita para perder peso. Para que una dieta dé buenos resultados, quien la sigue ha de ser consciente de que en su forma de alimentarse y en su peso influyen muchos aspectos, como la genética, su cultura, sus costumbres, su familia, su situación económica, la moda de los alimentos, los horarios y el ritmo de trabajo... La genética, por ejemplo, determina la corpulencia de cada individuo, es decir, su tamaño y su metabolismo basal, y, por tanto, sus necesidades mínimas de energía. De la cultura a la que pertenece se aprende entre otras cosas a desear más ciertos alimentos y a conceder más o menos importancia a la estética o a la salud. Y la familia también deja su impronta en la forma en la que nos comportamos con la comida: en la manera de cocinar, en la elección de determinados alimentos, en los conocimientos más o menos acertados acerca de los alimentos y sus propiedades...

Además, el comportamiento de los más allegados influye, y mucho, para que quien sigue una dieta se sienta cómodo, seguro de sí mismo, a gusto con su apariencia física. Los hábitos alimentarios de las personas con las que convive pueden convertir su decisión de cuidar su alimentación en algo muy fácil o muy complicado. Por ejemplo, no ayuda a cumplir una dieta observar cómo la pareja come pizza mientras quien debe controlar su dieta se prepara una ensalada y una tortilla, ni el ofrecer con frecuencia alimentos calóricos a alguien que sabemos tiene dificultades para reprimir la tentación.

El valor simbólico de los alimentos

A todo lo dicho se une el valor simbólico que tienen los alimentos. Quienes hayan seguido alguna dieta por el motivo que sea (adelgazar, engordar o controlar la tensión, el colesterol, la diabetes…), han sentido en algún momento la tentación de comer lo que menos les conviene. Para comprender por qué cuando nos ponemos a dieta nos tientan de manera particular ciertos alimentos, hemos de entender que también las cosas del comer van cargadas de valor simbólico y emocional, que están compuestas de algo más que nutrientes (hidratos de carbono, proteínas, vitaminas…). Tendemos a asociar ciertos alimentos a emociones, a determinadas personas o situaciones de nuestra vida, a buenos o malos recuerdos, etc. Y muchas de estas asociaciones son necesarias para nuestra estabilidad emocional.

Los expertos en psicología ya advierten sobre qué hacer frente a alimentos cargados de un gran valor simbólico y emocional cuando se está a dieta en circunstancias concretas, como pueden ser las Navidades. Y el consejo de muchos de ellos es que no debemos prescindir de dichos alimentos. Simplemente, debemos ser conscientes de que los necesitamos de vez en cuando para sentirnos bien, lo que no debe generar ningún tipo de trauma e inseguridad. Y los días navideños bien pueden ser uno de esos momentos. Disfrutar al máximo del alimento y saborearlo ocasionalmente y en pequeña dosis es la mejor terapia para sentirse mejor de ánimo y para continuar con éxito la dieta. Es la manera de que las necesidades psicológicas que se esconden detrás del valor de ese alimento (sentirse querido, acompañado, elegido, etc.) queden satisfechas.

El mantenimiento de un peso correcto o el tratamiento de una enfermedad a través de la dieta más adecuada exige que sepamos planificar la alimentación en el tiempo, más allá de los días inmediatos, aunque, por supuesto, sin renunciar para siempre al placer que nos proporcionan determinados alimentos tomados en medida y en momentos concretos.


 
 

Los piojos y la derrota de Napoléon

por tribilin2005 @ 2005-12-20 - 02:48:18 am

Nueva evidencia genética sugiere que las enfermedades transmitidas por los piojos jugaron un papel esencial en la desastrosa retirada de las tropas de Napoleón durante su incursión en Rusia en 1812.

Napoleón
Un grupo de investigadores analizó la pulpa extraída de los dientes de los soldados que perdieron la vida durante la campaña.

Los investigadores de la Université de la Méditerranée en Marsella, encontraron que algunos tipos de tifus y fiebre de trinchera -enfermedades transmitidas por piojos- eran comunes dentro del Gran Ejército Francés.

El estudio fue publicado por el Journal of Infectious Diseases
Napoleón emprendió una campaña contra Rusia en el verano de 1812 con 500.000 soldados.

Sin embargo, sólo unos miles lograron salir con vida tras superar el frío clima del área, la guerra y las enfermedades.

Así, unos 25.000 soldados se retiraron ese invierno a Vilna, actual capital de Lituania, pero sólo 3.000 sobrevivieron para emprender el regreso a Francia. Los muertos fueron enterrados en fosas comunes.

Un trabajo de construcción llevado a cabo en 2001 desenterró una de esas fosas que contenía entre 2.000 y 3.000 cadáveres.

Fragmentos óseos

Los investigadores liderados por el doctor Didier Raoult identificaron segmentos de cinco tipos de piojos durante la excavación forense de dos kilos de tierra que contenían fragmentos de huesos y restos de vestimenta de la época.

Napoleón Bonaparte
Tres de los piojos contenían ADN de la bacteria Bartonella quintana, causante de la enfermedad conocida como fiebre de trinchera -una infección que causa repetidos ciclos de fiebre muy alta- y que muchos soldados en la I Guerra Mundial la padecieron.

El equipo analizó la pulpa dentaria de 72 dientes, extraídos de los restos de 35 soldados.

La pulpa dentaria de siete soldados contenían ADN de Bartonella quintana y la pulpa de tres soldados dieron positivo al ADN de la bacteria Rickettsia prowazakii, la causante del tifus epidémico y entre cuyos síntomas se encuentran: fiebre alta, salpullidos, escalofríos, intenso dolor de cabeza, con sensibilidad o dolor en los músculos.

En total, 29% de los soldados examinados tenía evidencia de presentar Rickettsia prowazakii o Bartonella quintana.

Según los investigadores el hallazgo sugiere que las enfermedades transmitidas por los piojos de cuerpo como la tifus y la fiebre de trinchera pueden haber sido un factor importante que contribuyó a la retirada de Napoleón de Rusia.

Los expertos creen que el análisis de la pulpa dentaria para identificar signos de ADN de agentes infecciosos puede convertirse en una herramienta importante en la investigación de la historia de enfermedades.

La doctora Carole Reeves, experta en historia de la Medicina, indicó que es irónico que los dientes estén revelando los secretos de la salud del ejército de Napoleón, ya que las piezas dentales eran un botín de guerra para hacer dentaduras postizas.

"Dondequiera que haya guerra siempre habrá enfermedades infecciosas", señaló.

"Y hasta la I Guerra Mundial hubo más muertes causadas por las enfermedades infecciosas que por la violencia de la guerra."

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