por
tribilin2005
@ 2006-02-13 - 01:28:16 pm
Lo que está en juego detrás de toda la parafernalia guerrerista es el destino de la Fuerza Armada Nacional, que ha sido sistemáticamente devastada y sus unidades están en la ruina en su mayoría
CARLOS BLANCO
ESPECIAL PARA EL UNIVERSAL
El lenguaje bélico ha estado presente desde que Chávez apareció en el horizonte político venezolano. Ha sido tanta la insistencia en convertir el debate democrático en una guerra de proporciones siderales, que ésta se ha instalado como sistema simbólico en la política nacional. El lenguaje que todos los días ofrece la sangre en las epopeyas por venir, que se solaza en la promesa de hacer morder el polvo de la derrota a los enemigos, y que se imagina en una entrada triunfal por la quebrada de Tacagua (por debajo, no por el viaducto) como lo hizo Fidel en 1959 en La Habana, revela la pasión por una huidiza confrontación a tiro limpio; pero, al mismo tiempo, esconde que Chávez se prepara, de verdad y en serio, para una confrontación militar. La guerra no es sólo un lenguaje, sino el velo que oculta y, sin querer, destapa, que esta revolución hace su vela de armas para un conflicto violento. Sí, hay muchos aspavientos y delirios operáticos; pero, por dentro, camina una procesión mortífera.
Contra el Imperio
El conflicto que el régimen destaca en forma reiterada es el que tendría lugar a propósito de una invasión de Estados Unidos. Sería el momento cuando las tropas de la Reserva y la Guardia Territorial se dispondrían para la resistencia; luego, los jefes de la revolución, con Chávez a la cabeza, se replegarían hacia las montañas venezolanas y, desde allí, librarían la guerra asimétrica que se ofrece en cada Delirio sobre el Chimborazo.
Esta hipótesis heroica abriría el camino para que los conflictos nacionales se volvieran continentales en la medida en que para responder a la agresión imperial los grupos guerrilleros nacionales (FARC, ELN, Sendero Luminoso), junto a los movimientos indígenas y a los revolucionarios bolivarianos enmontañados, se unieran en un solo ejército popular. Desde luego, esta hipótesis supone que Chávez no se rinda, como en la Batalla del Cucurucho de Maní en el Museo Militar; ni se muestre tan ahorrativo en materia de sangre revolucionaria (cuyo derramamiento clama con frecuencia como indispensable) de la manera como aconteció el 11 y 12 de abril de 2002.
Esta confrontación Revolución-Imperialismo es la que requiere un tipo de armamento como el de los 100 mil fusiles Kalashnikov ya comprados, que en realidad son 300 mil negociados y que, de acuerdo con las necesidades de la Reserva y la Guardia Territorial deberían ser, al menos, un millón.
Detrás de esa hipótesis más o menos fanfarrona, está la vieja idea guevarista de crear un escenario continental de confrontación militar con Estados Unidos, en el cual las tropas de ese país serían batidas al detal en una guerra que, a pesar de su inmenso poder, no podrían librar con éxito.
Revolución continental
Sin descartar que exista una convicción sobre la inevitabilidad de la mencionada confrontación, existen otras hipótesis para el empleo del poder militar, que explicarían la urgencia armamentista que recorre al régimen de Chávez.
Una en el plano internacional y otra en el nacional, que, a su vez, se subdivide en otras dos.
La primera, implica asumir los procesos políticos de Cuba, Venezuela, Bolivia y otros que pudieran surgir de la misma estirpe o, al menos, con las mismas intenciones, dentro de una estrategia común. En este caso, el Gobierno venezolano asumiría las responsabilidades de contribuir a la defensa militar de esas naciones, si es que éstas fuesen atacadas por el enemigo de la revolución (sea el imperialismo, las oligarquías nacionales o una alianza contrarrevolucionaria de varios países hostiles). Esta actividad estaría amparada en el artículo 3, numeral 4° de la Ley Orgánica de la FAN, que establece dentro de sus funciones específicas: "Participar en alianzas o coaliciones con las Fuerzas Armadas de los países latinoamericanos y caribeños para los fines de la integración dentro de las condiciones que se establezcan en los tratados, convenios y acuerdos correspondientes, previa aprobación de la Asamblea Nacional".
Dentro de esta función podría explicarse la adquisición de una docena de aviones de transporte de gran autonomía de vuelo. Los aviones de transporte actuales, Hércules, están en un grado de deterioro inmenso y dependen de los suministros de Estados Unidos. Desde luego, los que se aspira adquirir de CASA, España, no sólo sirven para llevar tropas a otros países; pueden tener objetivos más modestos. Sin embargo, es conveniente tomar nota de que con las disponibilidades presentes, con los aviones Hércules deshechos, no es posible transportar la solidaridad revolucionaria ni a Chuspa.
Los motivos del Lobo
Las hipótesis de conflicto interno van por dos vías. Una es la de una rebelión militar, parecida a la del 4 de febrero de 1992, pero esta vez en contra del golpista de entonces. La otra es una rebelión popular de muy largo alcance y profundidad.
El Gobierno sabe que existe un profundo descontento militar que no ha logrado extirpar y que funciona como una carrera de relevos: purgan a unos y aparecen otros. Los jefes del Gobierno actúan como si la masa de militares descontentos es definida y que una vez expulsados o reprimidos desaparecerán los descontentos y sólo quedarán los amigos del "proceso". No advierten que el desempeño gubernamental, especialmente dentro de la FAN, produce cada vez más repudio; no se dan cuenta de que por cada expulsado, enjuiciado o preso hay tres nuevos opositores internos. Por eso es que cualquier cosa que signifique conspiración se mantiene allí, incubándose. Es la razón por la cual los cubanos insisten en la persecución interna y en la necesidad de prepararse para el momento en el cual esa rebelión emerja.
La otra hipótesis es la de un estallido popular que, a diferencia de El Caracazo en 1989, dirija esta vez su energía en contra de los gobernantes, y que la oposición se monte en ese potro y lo enrumbe hacia la salida de Chávez de la Presidencia. Aunque se conoce de sobra que un movimiento de esas características no se prepara ni programa, todo el dispositivo de inteligencia gubernamental admite que las circunstancias sociales del país están "de a toque" y, como la experiencia muestra, de cualquier malla sale un ratón.
Las armas
El esfuerzo armamentista del Gobierno está dirigido, básicamente, para la solidaridad con Cuba o para defenderse de una insurgencia interna, sea cívica, militar o combinada. La guerra con Estados Unidos, asimétrica y heroica como la piensan, tiene unas exiguas probabilidades, aunque es la tentación de cualquier émulo del Che Guevara.
Sin embargo, Chávez aterriza de barriga y en emergencia cuando se hace la evaluación de las armas que se compran.
La idea de que pueden sustituirse los F-16 por los MiG soviéticos tiene algo de fantasía. La industria rusa parece atravesar uno de sus peores momentos en el campo de la aviación militar. Buena parte del comercio ruso de armas está en manos de mafias organizadas que no tienen capacidad de responder de manera regular y coordinada a las demandas de suministro que le puedan hacer sus clientes. Tampoco China está en condiciones de garantizarlo.
El caso de los helicópteros puede ser dramático. Perú, en la época de los militares de izquierda, compró una dotación aérea importante, que incluía helicópteros del tipo que ha adquirido Venezuela en Rusia. Allí están algunos de esos armatostes de la Fuerza Aérea Peruana, como dinosaurios fósiles, carentes de operatividad por no tener repuestos ni mantenimiento adecuado.
La dotación de armas a la que aspira Hugo Chávez, con la negativa de Washington a contribuir con esas aspiraciones, puede terminar en un desorden de adquisiciones que no sirva a ningún propósito estratégico, pero sí a quienes se están llenando con las comisiones.
El Gobierno le reclama a Estados Unidos que no le quiere vender repuestos y sistemas de armas; se lo reclama, precisamente, al país con el cual dice que va a establecer una guerra asimétrica. De lo que no se ha dado cuenta Chávez es que ya comenzó la guerra asimétrica y una de sus primeras manifestaciones es que aquel país no le vende armas a su enemigo bolivariano. Washington, por primera vez, toma en serio a Chávez, al no venderle armas, y éste protesta porque en la Casa Blanca le han creído el melindre de la guerra asimétrica.
La FAN
Lo que está en juego detrás de toda la parafernalia guerrerista es el destino de la Fuerza Armada Nacional. Esta institución ha sido sistemáticamente devastada y sus unidades están en la ruina en la mayor parte de los casos, aun antes de que Washington se negara a vender equipos y repuestos. Chávez se dedicó a desmantelar a la institución porque la realidad es que la mayor parte de los oficiales no está con el proyecto chavista. Chávez controla policialmente a la FAN, pero no la lidera; los oficiales no se han alzado como el G2 anticipa, pero no quieren a su comandante en jefe.
Lo que ha ocurrido hasta la fecha es un vaciamiento institucional sin precedentes, en el cual la Armada y la Fuerza Aérea son componentes disminuidos; el Ejército ha sido dividido hasta más no poder; y la Guardia Nacional, al principio menoscabada, después fue convertida en fuerza de choque contra la población civil democrática.
Con ese desmantelamiento se perseguía disminuir el peligro potencial que representaba una oficialidad posiblemente sensible a las demandas democráticas de la sociedad. La alternativa fue construir un aparato armado diferente. Después de abril de 2002, se procedió al control total de los mandos militares y se inició la hipertrofia del aparato de inteligencia para detectar las mínimas vacilaciones de los oficiales; el G2 cubano ha sido esencial en este aspecto. Mientras tanto, se dejó languidecer a la institución militar como tal y, por consiguiente, se permitió o prohijó el deterioro de sus dispositivos. Al final se vio la lógica de este proceso. Se trataba de abrir el campo para un aparato militar, formalmente dentro de la "antigua" FAN, pero que en realidad pasaba a suplirla: la Reserva y la Guardia Territorial, como herramientas sometidas a control político e ideológico, al servicio del proyecto del militarismo socialista de Hugo Chávez.
El resultado no es una Fuerza Armada a la que se quiere volver a dotar, sino un aparato de guerra interna sustituto, en el que hay un control ideológico y político, capaz de servir como brazo para la aventura en la que el régimen ha envuelto al país. Ya son un anticipo los grupos armados que pululan, como células durmientes que aparecen cada vez que hay que lanzar una amenaza, secuestrar un alcalde, rodear a Miraflores o simplemente gruñir y sacar las uñas. Las adquisiciones proyectadas servirán a Hugo Chávez, a los grupos de choque, a las unidades especiales del "proceso" y a los beneficiarios de los contratos; jamás a la Fuerza Armada Nacional.
carlosblancog@cantv.net