por
tribilin2005
@ 2006-03-31 - 08:37:08 pm
El artículo 43 de la Constitución de la República garantiza la inviolabilidad del derecho a la vida. ¿Qué pasó con Sindoni y con las decenas de miles de venezolanos que todos los años mueren a manos de la violencia criminal?

En un discurso pronunciado el año pasado por el señor Filippo Sindoni durante un acto en el Palacio de Miraflores con la presencia del Jefe del Estado, Hugo Chávez, el hoy malogrado empresario ítalo-venezolano expresó con enorme densidad su apreciación sobre la actual hora venezolana: "Señor Presidente, en el pasado tuvimos, como en esta oportunidad, otros momentos que prometían grandes posibilidades de desarrollo para el definitivo despegue de Venezuela hacia mejores estándares y prosperidad. Pero la circunstancia actual, aunque auspiciosa, puede y debe ser aprovechada de manera distinta a como se hizo en épocas pretéritas, permitiendo esta vez que los recursos petroleros sí se siembren de manera efectiva a fin de que el crecimiento económico no sólo se exprese de forma impersonal en los fríos números y cifras que periódicamente reportan los entes oficiales y privados especializados en la materia, sino que también permita la generación de bienestar social sostenido para los sectores que hasta ahora han estado excluidos del acceso a los beneficios materiales derivados del negocio de los hidrocarburos.
En tal sentido, el reto que tenemos por delante los hombres y mujeres de empresa que hemos venido de otras latitudes pero que confiamos y seguimos confiando en este país, es asumir con gran pasión la enorme responsabilidad que entraña nuestra condición de productores y dispensadores de bienes y servicios. Debo decir, con toda franqueza, que no pueden coexistir sin que en algún momento se generen todo tipo de trastornos y turbulencias sociales pequeños o medianos enclaves de prosperidad material y eficiencia económica, en vecindad con una enorme densidad de demandas sociales insatisfechas que se represen y se acumulan con consecuencias impredecibles".
En efecto, el señor Sindoni ponía de relieve en sus palabras el drama nacional y la vasta descomposición social que representa el hecho de tener Venezuela una enorme porción de compatriotas que desde hace más de dos décadas han experimentado un masivo proceso de empobrecimiento que de manera irritante contrasta con la tremenda y cuantiosa disposición de recursos fiscales provenientes de la renta petrolera de los que han dispuesto los últimos gobiernos. Pedía, como un clamor, que el Estado utilizara sus recursos para formular y ejecutar las políticas públicas que le pusieran un freno a esta terrible tendencia empobrecedora que hemos padecido por décadas y que sin duda es el principal caldo de cultivo en donde se incuban los agentes de la criminalidad, la delincuencia y la violencia hamponil.
Venezuela en 1976 tenía un 30% de su población viviendo en condiciones de pobreza extrema y relativa. 30 años después esta cifra supera las dos terceras partes de la población. Una sociedad así es sencillamente inviable y engendra en su seno toda suerte de lacras y terribles resentimientos sociales. Pero junto a la pobreza existe otro componente que se agrega a este explosivo cóctel social. Nos referimos a la enorme incompetencia del Estado venezolano para garantizarle a sus ciudadanos esa inalienable garantía individual consagrada en el artículo 43 de la Constitución, como es el derecho a la vida.
El Estado venezolano se esmera por ser dueño y operador de bancos, de fábricas de aluminio, de válvulas, de centrales azucareros, de petroleras, de acerías, de empresas de telecomunicación, de compañías eléctricas, de empresas petroquímicas, de aviación, de hoteles y hasta se dedica a la especulación financiera en los mercados internacionales. Pero ese mismo Estado es incapaz y altamente incompetente para preservar la integridad física de sus conciudadanos. Se muestra impotente para evitar que la gente sea asesinada, secuestrada, raptada, atracada o desvalijada. No puede garantizar algo tan elemental y sencillo como que la fuerza pública nos permita dormir tranquilos en nuestras casas o transitar seguros por las calles. Mientras entretenemos recursos y tiempo en ambiciosos planes de desarrollo y de influencia internacional, a escasas cuadras de la IV División, en la avenida Las Delicias, una de las principales y más transitadas vías públicas de Maracay, se aposta con total facilidad una falsa alcabala policial con el propósito de privar violenta e ilegítimamente de su libertad a un ciudadano honesto, trabajador y solvente con sus obligaciones tributarias como el señor Filippo Sindoni, con el dramático desenlace que hoy conocemos y del cual se enteró toda Venezuela el pasado miércoles en la tarde.
Miseria, delincuencia, violencia social, incompetencia gubernamental, todos estos son ingredientes de ese bebedizo mortal que todos los días y desde hace bastante tiempo nos hacen tomar a los venezolanos. El brutal asesinato de Filippo Sindoni, sin duda, le da una connotación de escándalo con amplia relevancia social a este terrible evento. Un empresario exitoso, próspero y sin enemigos, confiado quizás de que Venezuela no había experimentado aún el nivel de inseguridad que finalmente cobró de manera artera su vida, ha conmovido a la nación entera. Pero todos sabemos, más allá del profundo dolor que embarga a quienes conocimos y admiramos a Filippo Sindoni, lo realmente grave es que cada año se cuentan por decenas de miles las muertes violentas y los homicidios de los que son víctimas en su inmensa mayoría venezolanos inocentes.
Tal vez ha llegado la hora de que los gobiernos se dediquen mero a la retórica y a temas irrelevantes para con esmero y eficiencia abocarse en verdad a lo que se deben abocar: A proteger la vida y los bienes de sus ciudadanos. Crear las condiciones para que personas, centenares de miles de gentes emprendedoras como Filippo Sindoni se puedan dedicar a trabajar y producir en la seguridad de que su integridad física estará resguardada y que cuando se dirijan a sus casas a descansar luego de una larga faena de trabajo, no se toparán una la furia criminal que ponga fin a sus días. Asesinar a alguien es quitarle a una persona todo lo que tiene y todo lo que podría tener. No puede haber nada más aplastante para la dignidad humana