por
tribilin2005
@ 2006-04-08 - 01:23:07 am
Editorial El Nacional
Ayer fueron incinerados los restos de los tres hermanos Faddoul, vilmente asesinados por un grupo de secuestradores que, según las fuentes oficiales, tienen cómplices dentro de los cuerpos de policías del régimen.
Eso no tendría nada de extraño por cuanto ya sabemos de qué clase de gente se rodea este gobierno, y de cómo estos sujetos, usados como bandas armadas, han venido condicionando las acciones de calle del oficialismo en los últimos años. Este maridaje entre los comandos políticos de la revolución y los violentos grupos urbanos, ha estimulado el gravísimo hecho de que entre la policía y los delincuentes no existan fronteras sino alianzas de negocios.
Al primero que no le conviene que esto siga sucediendo es al partido de gobierno, porque una alianza entre policías y ladrones terminará por no respetar a nadie, ni siquiera a las propias autoridades que les han dado carta blanca. Los caraqueños han visto con alarma cómo se han organizado estos grupos para-policiales, a los cuales se les ha dotado de decenas de motos de alta cilindrada (sin placas de identificación), de teléfonos celulares y de credenciales que les autorizan a portar armas de fuego.
Todo esto se hace bajo el pretexto de que actúen como escuadrones de vigilancia y de choque contra las manifestaciones de la oposición, y que apoyen las acciones represivas de las policías capitalinas, entre ellas la de Bernal. Sin embargo, esto es jugar con fuego porque, tal como ocurrió con el vil asesinato del periodista de la Cadena Capriles, Jorge Aguirre, estos sujetos no están preparados profesionalmente para actuar en situaciones en la cuales se debe garantizar, por encima de todo, la vida de los ciudadanos. Lo único que saben es apretar el gatillo y matar.
Pero además, estos asesinos cuentan también con una red de complicidades que va más allá del simple apoyo de un alcalde o un gobernador: desde la Fiscalía hasta los tribunales se extiende el clandestino manto protector del oficialismo. Meses atrás el jefe del Ministerio Público reveló que había despedido a fiscales en siete estados de la república por omisiones y desidia en casos de abusos de los derechos humanos (asesinatos, torturas y desapariciones), en los cuales estaban involucrados funcionarios de seguridad y miembros de grupos para-policiales.
Se trata, en la práctica, de una “política nacional” que el ministro Jesse Chacón no puede desconocer ni desmentir ante la opinión pública. Toda esta tragedia de violencia y de muerte está suficientemente documentada no sólo por la Fiscalía General, que adelanta 6.556 averiguaciones contra agentes policiales, sino también por el alcalde Barreto que ha despedido, hasta la fecha, a más de 3.000 miembros de la Policía Metropolitana. Eso sin mencionar a las ONG que, como Cofavic y Provea, han preparado informes contundentes al respecto.
Lo que se le reclama a este ministro y al Presidente, es que hayan permitido que la descomposición de los cuerpos de seguridad llegara a un punto en que, por desgracia, los policías son considerados los verdugos implacables de la gente honesta y pacífica de este país, que viven en los barrios y urbanizaciones bajo un permanente toque de queda por miedo a los “agentes del orden”.
Basta para comprobarlo el hecho de que en los asesinatos de los hermanos Faddoul y del chofer Miguel Rivas, así como del empresario Filippo Sindoni, están implicados agentes y directivos policiales. Además, ya se sabe que el motorizado que mató a sangre fría al periodista Jorge Aguirre es, a todas luces, miembro de una banda para-policial del oficialismo.
Según la prensa oficial, el primer mandatario de la nación giró instrucciones al ministro Chacón para que le dé forma a una comisión que, entre otras cosa, lleve adelante la reorganización de los cuerpos policiales del país. A más de tardía, esta reacción de Miraflores luce extremadamente cínica, porque intenta cargar la culpa en los alcaldes y gobernadores, por su ineficiencia al manejar las cuestiones de seguridad en sus áreas locales y regionales.
Pero eso no se lo puede creer nadie: el presidente Chávez tiene bajo su mando absoluto no sólo el Ministerio del Interior y Justicia, sino la Disip, la DIM, el Cicpc, la Fiscalía, la Defensoría, el Tribunal Supremo, la Policía Metropolitana, Policaracas, Polimiranda, Polisucre y la Guardia Nacional, además de la Fuerza Armada y los batallones de la Reserva, sin contar con el G-2 cubano. Si con todo eso en sus manos no puede controlar el hampa... ¿entonces quién lo puede hacer? ¿Existe algún otro responsable?