Manuel Isidro Molina
Su supuesta candidatura presidencial es un hecho que puede recolocar el debate nacional en el plano de la moral pública, los valores ciudadanos y la corresponsabilidad social
Pensé mucho si era conveniente escribir sobre el lanzamiento –al menos mediático- de la candidatura presidencial del cómico más procaz, vulgar y grotesco que haya existido en Venezuela. Decidí que sí, porque es un hecho que puede recolocar en el centro del debate nacional el problema fundamental de nuestra sociedad, que no es otro que el de la moral pública, los valores ciudadanos y la corresponsabilidad social, indispensables para desarrollar políticas públicas solidarias, eficientes y trascendentes.
La pobreza ideológica, intelectual y programática de la política venezolana es inocultable, pues hemos llegado a un punto tal de banalización, estremecedora por su pragmatismo y maniqueísmo, en el cual lo más ingenioso que dicen dirigentes públicos (ministros, parlamentarios, gobernadores, alcaldes, etc.) es que “la salsa que es buena para el pavo es buena para la pava” y otras sandeces. Y lo peor es que lo repiten como si estuviesen diciendo algo importante.
En varias oportunidades, insistentemente, he criticado el dislocado y a veces vulgar lenguaje público del presidente Hugo Chávez Frías, quien en casi ocho años de gobierno no ha encontrado ni en el diccionario ni entre sus adulantes medradores el significado profundo y trascendente de ser “Primer Magistrado Nacional”, es decir, el principal educador público del país, de la sociedad. Su borrachera de poder lo ha mantenido en el plano de la irresponsabilidad y la improvisación.
El proceso de banalización de la política y las ideologías, comenzó durante los años ochenta del siglo XX, a la par del predominio internacional de la dupla Ronald Reagan (USA) y Margareth Tatcher (Gran Bretaña). Incluso, en Estados Unidos, los más rancios cerebros de la ultraderecha, reunidos en Santa Fe, dictaminaron que uno de los muros de contención en América Latina y el Caribe ante la política de mercado libre internacional impulsada por el imperio capitalista mundial (con USA a la cabeza) era la religión católica, predominante históricamente en la región.
Muchos se estarán preguntando qué tiene que hacer lo afirmado por mí, hasta ahora, y la “candidatura” del cómico. Y es que me estoy refiriendo a un contexto nacional e internacional –con énfasis en lo nacional- en el cual las ideas básicas de la derecha liberal –las más simples y animaloides- vienen con una fuerza arrolladora venciendo resistencias y colocando en condición de “viejo”, “pasado de moda” o simplemente “no-novedoso” todo cuanto signifique contrariar las rancias (y viejas, premodernas) ideas liberales asociadas al mercantilismo y al incipiente capitalismo salvaje de la era prerrevolucionaria que podría ubicarse –digámoslo sólo con ánimo ilustrativo- hasta el denso proceso de discusión en torno al “Manifiesto Comunista” europeo (Londres, 1847) y la irrupción de fenómenos tan importantes –que no es posible considerar en este artículo- como “La Comuna de París”, el “Primero de Mayo” de 1886, la revolución rusa de 1917 entre las dos espantosas guerras intercapitalistas mundiales, y los procesos de descolonización que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, en África y Asia, dado que en América Latina y el Caribe se había producido ya, la independencia en la mayoría de los países, en el siglo XIX al calor de la Independencia de Estados Unidos, la Revolución Francesa y la invasión napoleónica al Reino de España, entre otros fenómenos.
Hoy, cuando las sociedades requieren de una intensa actualización discursiva y conceptual en torno a los valores humanos contemporáneos, en Venezuela andamos con la “salsa del pavo… (y) de la pava”, la corrupción más espantosa de toda nuestra historia y el estímulo público –por acción y por omisión- de todo cuanto significa facilismo, transgresión, abuso de poder y un ánimo de sobrevivencia mercantilista sin límites ni consideraciones. Es la Venezuela del buhonerismo desatado, la maña y la vivarachería, la de las licorerías convertidas en botiquines públicos a toda hora, el caótico tránsito automotor, la escasa calidad de vida urbana, la delincuencia cerrando filas en las policías y, en general, un clima grotesco de agresión y violencia de todo genero, en el cual las vulgaridades del cómico-candidato se escuchan a todo volumen en calles y plazas públicas, donde la gente anda sobreviviendo, resolviéndose, así sea doblegando su dignidad, arrastrándose ante el poder corrompido o timando al vecino. En ese vale todo, el cómico-candidato tiene audiencia, y lo estimulan irresponsablemente.
Una interpretación sociopolítica seria –primera hipótesis- podría arrojar constataciones espeluznantes sobre el sustrato cultural y los valores de la media de los venezolanos y venezolanas de este siglo XXI (incluso profesionales universitarios “opositores”), en plena “revolución socialista” chavista, salpicada –como sabemos- de corrupción, piratería, ineficiencia y falta de responsabilidad histórica y social.
Una segunda hipótesis, doble, es la de la existencia intereses perversos tras bastidores: entonces, debemos desentramar la motivación oculta de esa “candidatura”, tanto en el campo del gobierno (para complicarle el cuadro a la oposición, de por sí muy desalentador para sus dirigentes y militantes); como en el de la oposición más reaccionaria y cabeza hueca de la derecha macartista asociada al mercantilismo puro y ramplón de quienes lo que quieren “es billete” negociando con el mejor postor nacional o internacional, muy en el mundo de los Pérez Recao y la pléyade de acompañantes ignaros del “Carmonazo”.
Lo cierto es que el cómico-candidato banaliza la política, hiere de muerte a cualquier opción alternativa y facilita la jugada a quienes aspiran perpetuarse maquiavélicamente en el poder, como lo han venido haciendo durante los últimos siete años y seis meses.
He escrito, y lo reitero, que no tengo por quién votar, como millones de venezolanos y venezolanas que no estamos dispuestos a cohonestar el actual estadio lamentable de la política venezolana. Pero, de ahí a caer en el foso de indignidad, ignorancia y menosprecio de la política que significa este cómico-candidato, es cosa diferente.
Quienes hoy hacen coro a tal banalización de la política, no deben quejarse luego de las graves consecuencias de sus acciones. Claro, la inmensa mayoría de los ciudadanos y ciudadanas terminará marcando distancia. ¿Cuál es el objetivo de degradar más la sociedad venezolana? Necesario es catalizar procesos constructivos, generosos, transcendentes, en una alternativa seria, responsable, científica y culta que oriente a la ciudadanía por un nuevo camino de redención y solidaridad. Venezuela merece respeto.




















