Por Joachim de Posada
Debo confesar que el año 2006 se me fue muy pero muy rápido. Tal parece que hace unos días celebraba el año nuevo y ahora, como un pestañear de ojos, estamos en agosto. Dicho sea de paso, el 23 de agosto cumplo un año más.
Si analizamos por que se va el año tan rápido, nos damos cuenta que a más edad, más rápido transcurre. Me imagino que a una persona en los setenta u ochenta años se le va aún más rápido. No me considero viejo, pero sí me doy cuenta que cada año se va más rápido.
Hace un tiempito, un amigo me hizo una demostración que -de verdad- me impactó tremendamente. Sacó una servilleta y empezó a dibujar cuadrados sobre ella, uno al lado del otro, fila por fila, hasta que dibujó 76 cuadrados. Me dijo que cada cuadrado representaba un año en la vida de una persona y que la razón por la cual dibujaba 76 era para reflejar la expectativa de vida en los Estados Unidos de 76 años.
Entonces le empezó a poner “X” a los diferentes cuadrados hasta que llenó 65 cuadrados. Esos cuadrados con la “X”, me dijo, eran los años ya vividos por él. Los cuadrados sin “X” son los años que le quedarían aún por vivir si viviera el promedio de un ciudadano americano y no tuviera algún tipo de accidente o muerte súbita.
Me dijo que esa servilleta representaba para él en forma gráfica el lugar donde exactamente se encontraba en su vida. No debe de haber sido muy agradable para él ver que casi todos los cuadrados estaban cubiertos con “X” y solo quedaban 11 en blanco. Deprimente, por no decir otra palabra.
No quiero deprimirlo a usted, cordial lector, porque usted puede que viva ochenta, noventa o cien años. No sé las cifras en Latinoamérica, pero en los Estados Unidos hay más de 150 mil personas con más de cien años cumplidos. En Puerto Rico acaba de morir un veterano del ejército americano a los 116 años. Tengo un compañero Rotario que todavía compite en torneos de tenis y tiene cerca de noventa años.
En verdad, si lo analizamos cuidadosamente, ser viejo tiene que ver mucho con su propia mente, con su actitud ante la vida, con su paradigma de lo que significa ser viejo. Hace poco asistí a una firma de libros donde conocí por primera vez a la viuda del gran músico puertorriqueño Pablo Casals.
Este increíble señor se casó con Martita, su novia, cuando él tenía 80 años y ella 19. ¿Se pueden ustedes imaginar eso? Él murió a los 94 años, teniendo ella 33 años. Obviamente Don Pable pensaba que -aunque tuviera 80 años- podía todavía hacer un buen papel con una mujer de 19 años y sin Viagra, porque aún no se había inventado.
En el 1980 estuve presente en el Maratón de la Ciudad de Nueva York. Había un corredor entre los 14 mil participantes que tenía 83 años. ¿Cuántos de ustedes en los veinte o treinta o cuarenta años pueden correr un maratón de 25 millas? Sin embargo este señor estaba preparado para la carrera y así lo hizo. De los 14 mil corredores, solo nueve mil terminaron la carrera. Este señor terminó número 4,990, más o menos. El que llegó de onceavo lugar entre los 14 mil tenía 47 años. Definitivamente, la edad está en la mente de la persona.
Al igual que les digo esto, debo también admitir que el futuro no está prometido para nadie.
Vivimos en tiempos bastante peculiares. La vida se vuelve más peligrosa cada día. Acabamos de ver cómo en Londres se descubrió a los terroristas que iban a volar diez aviones llenos de hombres, mujeres y niños. ¡Qué falta de respeto a la dignidad del ser humano! Esa gente se puede catalogar como peor que los animales.
¿Qué se puede hacer entonces? Hay algo que -de seguro- no se puede hacer: darle toda la responsabilidad al gobierno o a la fuerza policíaca de nuestro país. Tenemos que tomar acción como ciudadanos y asumir nuestra responsabilidad como miembros de la sociedad.
Claro que tengo muchas ideas de como disminuir el crimen en nuestros países, pero ese no es el tema principal de este artículo. El punto central de este texto es que nadie sabe cuantos años le quedan. Por esa razón todos debemos aprovechar los años que estamos disfrutando en este momento.
La vida es muy corta y puede terminar repentinamente en un segundo.
Por eso, tenemos que hacernos la siguiente pregunta:
¿Cuántas “X” más va a acumular en su vida antes de tomar la decisión de conseguir aquello que -de verdad- quiere? Seguro sus sueños son diferentes a los míos y también son diferentes a los de sus amigos o seres queridos.
Pero aún si los sueños son diferentes, hay un elemento universal en cada uno de los sueños de todas las personas: ¡La búsqueda de la felicidad!
¿Qué lo haría a usted feliz? ¿Qué lo haría de verdad bien feliz?
Vaya entonces ahora a su agenda o calendario (si no tiene una agenda o calendario, 10 puntos menos) y ábrala. Mire las tareas o actividades programadas en su agenda, para hoy, mañana, la semana que viene, el mes que viene y hasta el año que viene. La pregunta que le hago es, ¿todas esas actividades que usted tiene programadas lo acercan a lograr el sueño de su vida? ¿Lo acercan a lograr su felicidad?
Quizás usted me conteste que las actividades programadas son más bien de índole comercial y que no lo llevan a lograr el sueño de su vida, pero que algún día usted empezará a planear esas actividades. ¿Ustedes saben lo que significa la frase “algún día”? Esa frase significa “nunca”. Eso es correcto, decir “algún día” es prácticamente decir que nunca lo va a lograr.
Cuando elaboraba “Sobrevivir entre Pirañas”, el manuscrito estaba en mi planificador ya que yo escribía en aviones, hoteles, restaurante o en donde tuviera la oportunidad. Un día después de asistir a un banquete para profesores de la Universidad de P. R., me di cuenta que me habían roto el cristal del carro y se habían robado mi planificador. Este suceso fue un choque para mí y hasta ofrecí una recompensa de $500 para quien la encontrara y me la devolviera. El planificador no tenía valor para nadie más, con la excepción de algunas fotos mías con los jugadores de los Angeles Lakers, con quienes había trabajado la semana anterior dándoles motivación.
Para mí tenía mucho valor porque además de esas fotos, tenía mi manuscrito de más de 200 páginas y yo no poseía copia del mismo.
Paré de escribir y me dije a mí mismo: “algún día empezaré a escribir de nuevo”. Pues pasaron más de dos años sin escribir nada. Si no fuera porque conocí a un japonesito sin piernas ni brazos, pero graduado de la universidad y con un libro escrito, sabe Dios cuando hubiera empezado a escribir mi libro. Eso me hizo sentir como un ratón y el choque me saco de mi letargo para permitirme escribir de nuevo hasta completar el libro en el 2004.
¿Cuál es la lección en todo esto?
Para lograr cualquier cosa que quiera en su vida, tiene que hacer un compromiso. Tiene que decidir hacerlo. Tiene que hacer un plan de cómo lo va a lograr y poner ese plan en acción. Tiene que decidir si puede pagar el precio que deber pagar para conseguir eso que usted quiere. La acción es el elemento más importante de todo esto. En otras palabras, hacerlo. Por ultimo, debe de perseverar hasta conseguirlo. Como dijo Winston Churchill hace tiempo, “nunca, nunca, nunca, nunca, nunca se dé por vencido”.
Aprendí mi lección. Mi más reciente libro, “No te comas el marshmallow...todavía”, acaba de ser publicado hace unos meses y se ha convertido en un best seller internacional.















