La hepatitis C es un grave problema mundial con importantes repercusiones personales, sociales y económicas. Y es que se trata de una de las principales causas en todo el mundo de enfermedad hepática crónica y la causa más importante de cáncer de hígado en los países occidentales. Y lo peor es que el problema va en aumento.
La hepatitis es una enfermedad del hígado. De hecho, el término “hepatitis” significa literalmente “hígado inflamado”, y puede estar causada por muchos factores diferentes, incluidos los parásitos y bacterias, las sustancias químicas, la autoinmunidad, los fármacos, el alcohol o las infecciones víricas, siendo éstas la causa más frecuente.
En la actualidad se conocen cinco tipos de hepatitis víricas, llamadas hepatitis A, B, C, D, y E. También existen las hepatitis F y G, aunque se sigue debatiendo si estos tipos son realmente infecciones víricas. En el caso de la hepatitis C, la infección está causada por el VHC (virus de la hepatitis C), que tiene, además, varios genotipos, si bien la mayoría de la población está infectada por el genotipo 1, que además es la cepa más difícil de curar.
A ello hay que sumar que tiene una prevalencia mucho mayor que la de la infección por VIH. Y es que, mientras que 40,3 millones de personas en el mundo están infectadas por VIH, la cifra asciende a 180 millones en el caso de la infección por VHC (cada año se infectan de tres a cuatro millones de persona). Además, el VHC es especialmente prevalente entre los reclusos de las cárceles. De hecho, mientras que la prevalencia del VHC en los países occidentales es aproximadamente el 1-2% de la población, las tasas de infección por VCH en la población de una prisión pueden alcanzar el 40%.
En el caso de España, los expertos señalan que existen alrededor de 900.000 pacientes, siendo una de las enfermedades víricas más frecuentes, junto con los otros tipos de hepatitis (A y
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“La hepatitis C es un problema de salud pública mundial, en la que se han hecho avances espectaculares en los últimos 15 años, aunque siguen sin resolverse varios aspectos, como el hecho de que se sigan produciendo nuevos casos de hepatitis C, de que un gran número de pacientes desconozca que tiene la enfermedad ya que al ser asintomática en gran número de los casos no se descubre si no se hace el test de detección y de que se han mejorado de forma clara las posibilidades de tratamiento pero no llega a toda la población por no gozar éste de buena prensa”, resume el doctor Moisés Diago, jefe de la Sección del Servicio de Hepatología del Hospital General de Valencia.
La importancia del hígado
El hígado es la glándula más grande del cuerpo humano, y es fundamental para mantener el cuerpo vivo, donde además realiza más de 500 funciones. Entres sus funciones más importantes se encuentra la de convertir toxinas, fármacos, alcohol y subproductos nocivos producidos por el cuerpo en sustancias inofensivas, para su posterior eliminación por vía intestinal o renal.
También es el encargado de romper la hemoglobina de los glóbulos rojos viejos para formar la bilis, que se almacena en la vesícula biliar para su posterior utilización. Cuando es necesario, la bilis secreta hacia el intestino, para ayudar a desintegrar las grasas y permitir la absorción de ciertas vitaminas.
Asimismo, produce, almacena y suministra glucosa para el resto del cuerpo y regula los niveles de colesterol en sangre, lo cual es importante para mantener un cuerpo sano, y es el encargado de fabricar proteínas que se utilizan para distintas funciones, entre las que se incluyen transportar nutrientes, permitir la coagulación sanguínea y luchar frente a las infecciones.
Además, el hígado convierte muchos fármacos en sus formas activas, permitiéndolas trabajar en otras partes del cuerpo, lo que es primordial en toda enfermedad que depende de algún suministro farmacológico para su tratamiento.
¿Puedo estar infectado/a?
El VHC se contagia a través del contacto directo con sangre infectada, aunque los expertos destacan que en alrededor del 30 por ciento de los casos de infección por hepatitis C, la vía de infección es desconocida. Sin embargo, sí se conocen una serie de grupos de alto riesgo de infección por este virus a los que los médicos recomiendan que se hagan una prueba diagnóstica.
Es el caso, por ejemplo, de lo usuarios de drogas por vía parental, incluidos los que experimentaron con drogas inyectadas hace años. Así, los expertos creen que del 37 al 98 por ciento de los usuarios de drogas por esta vía en el pasado y en el presente podrían estar infectados por el VHC.
Lo mismo ocurre con los habitantes de los países en vías de desarrollo, donde la principal vía de transmisión son los derivados sanguíneos no analizados y los equipos de inyección no esterilizados, así como las personas que, en los países desarrollados, recibieron transfusiones de sangre o derivados sanguíneos antes de la introducción de los análisis de sangre de rutina en la primera mitad de los años 90.
Se encuentran también en esta situación las personas con una conducta sexual de alto riesgo, que tienen múltiples compañeros sexuales o con una enfermedad de transmisión sexual. Y es que, aunque el riesgo de infección por VHC por vía sexual es bajo, la práctica del sexo es una conducta habitual y, considerando que un gran número de personas practica sexo sin protección con diferentes parejas, el riesgo de exposición al virus de la hepatitis C puede ser elevado en algunos segmentos de la población.
Los hijos de madres infectadas por el virus de la hepatitis C son también un grupo de riesgo, ya que entre el 3 y el 15 por ciento de las mujeres embarazadas en EEUU y Europa dan positivo por el VHC, y el 5 por ciento transmitirá el virus a sus hijos en el momento en el que nazcan. Sin embargo, parece ser que el virus no se transmite a través de la leche materna.
Por último, los expertos incluyen en esta serie de grupo de riesgo a los trabajadores sanitarios que se han pinchado con agujas; a las personas que se hacen tatuajes, piercings u otras modificaciones corporales con un equipo no esterilizado; y a aquellas a las que se ha intervenido quirúrgicamente, se les ha realizado un procedimiento dental o un tratamiento de acupuntura sin que el equipo estuviese adecuadamente esterilizado o en caso de que las jeringuillas se hubiesen reutilizado.
La enfermedad silenciosa
Los expertos señalan que una vez llevada a cabo la infección, en los primeros 6 a 12 meses, aproximadamente el 10 por ciento de las personas eliminan el virus, pero el 90 por ciento restante progresa hasta desarrollar hepatitis crónica, que rara vez se elimina sin tratamiento. Además, esto se puede producir sin que el paciente infectado se dé cuenta.
Y es que, la ausencia de síntomas específicos ha hecho que la hepatitis C se conozca como “la enfermedad silenciosa” y puede que contribuya a las bajas tasas de detección (se estima que en el mundo desarrollado sólo se diagnostica alrededor del 15% de los casos de hepatitis C).
Así, los expertos señalan que sólo el 30-40 por ciento de las personas infectadas por VHC en fase aguda presentan síntomas y, de estos, muchos presentan sólo síntomas leves, inespecíficos e intermitentes.
En cuanto a la fase de hepatitis C crónica, destacan que aunque muchas personas son asintomáticas, pueden presentar síntomas inespecíficos, como fatiga, pérdida del apetito, dolor muscular y articular, ansiedad/depresión, o dolor leve en la zona superior del abdomen.
Asimismo, las dificultades para detectar la hepatitis C se deben también a la no inclusión en los reconocimientos médicos rutinarios de las pruebas del anticuerpo VHC, por lo que, si no hay síntomas, pueden pasar 20 años hasta que el paciente note alguno de ellos. Entonces, el hígado suele estar ya tan afectado que el tratamiento no es eficaz y es probable que el paciente requiera de un trasplante de hígado o que desarrolle un carcinoma hepático.
A este respecto, el doctor Manuel Romero, jefe del Servicio de Digestivo del Hospital de Valme de Sevilla, señala que “es importante transmitir a la sociedad la importancia de diagnosticar la hepatitis C, por un lado por ser la principal causa de enfermedad hepática y, por otro, porque se puede curar, aspecto muy importante que no se da en otras enfermedades crónicas como la diabetes, la artritis o el sida”.
Consecuencias: progresión del daño hepático
Las consecuencias a largo plazo de la hepatitis C crónica pueden ser extremadamente graves. Las más importantes son la cirrosis (una acumulación de tejido cicatrizal en el hígado), que puede dar lugar a una insuficiencia hepática, y el carcinoma hepatocelular (CHC o cáncer de hígado). Ambos casos pueden llevar a la muerte.
Una vez que el paciente desarrolla una hepatitis C crónica el daño hepático asociado a este virus puede progresar durante los siguientes 10 a 50 años sin que, como ya hemos visto, se detecte la enfermedad.
En aproximadamente el 20 por ciento de los pacientes, este daño hepático progresa pasando por fases de fibrosis hasta llegar a una enfermedad llamada cirrosis, a medida que van muriendo más y más células hepáticas y se forman cicatrices. Además, al aumentar el daño, los pacientes pueden necesitar un trasplante de hígado, o pueden desarrollar cáncer hepático, que es el quinto tipo de cáncer más frecuente en el mundo.
Hay una serie de características del paciente que pueden afectar a la progresión de la hepatitis C: el consumo de alcohol, la edad avanzada en el momento de la infección, la coinfección con el VIH (en la actualidad, la enfermedad hepática es la principal causa de muerte en personas infectadas por el VIH), la coinfección con el virus de la hepatitis B, la alteraciones metabólicas concomitantes (enfermedades como diabetes, esteatosis hepática o el sobrepeso), y el consumo de tabaco o cannabis.
Un tratamiento estándar
El objetivo principal del tratamiento contra esta enfermedad es erradicar el virus del organismo y lograr lo que se conoce como respuesta virológica sostenida (RVS). Ésta se define como “niveles indetectables del VHC en la sangre del paciente 6 meses después de completar el tratamiento”, y se considera equivalente a la curación de la infección por este virus.
Con el actual estándar de tratamiento –la terapia combinada con interferón pegilado y ribavirina- un gran número de pacientes con infección por el VHC puede llegar a curarse. Así, los expertos señalan que en la actualidad las tasas de curación conseguidas con esta terapia oscilan entre el 50 por ciento en los genotipos 1 y 4 y el 90 por ciento en los 2 y 3.
No obstante, destacan que las características individuales de cada paciente determinarán la probable respuesta al tratamiento. Y es que, por ejemplo, las posibilidades de que el tratamiento sea eficaz son mayores a una edad más temprana y en las mujeres. Por el contrario, los pacientes varones y de edad avanzada se asocian con una mala respuesta al tratamiento. Además, la probabilidad de responder al tratamiento de las personas con cepas de genotipo 2 ó 3 del VHC es casi el doble que aquellas que presentan las cepas de los genotipos 1 y 4.
Aún así, aproximadamente la mitad de las personas en tratamiento no responde por completo a la terapia o recae dentro de los 6 primeros meses después de completar el tratamiento. Los avances en las pruebas de detección del VHC –que ahora son más precisas y detectan niveles del virus en sangre muy inferiores- podrían explicar, en parte, el elevado número de pacientes que se consideran en recaída.
Los pacientes que no alcanzan un RVS o que recaen después del primer ciclo de tratamiento pueden beneficiarse de la repetición del tratamiento con la misma terapia o con otra distinta. Los cambios en el estilo de vida –como dejar de beber alcohol, dejar de fumar y mantener un peso adecuado- también pueden contribuir a la salud del hígado y la salud general del paciente.
Además, en la actualidad hay muchos estudios en marcha en este terreno que pretenden descubrir nuevas estrategias para mejorar las tasas de RVS entre los pacientes que ya han recibido un ciclo de tratamiento.












