HÉCTOR ARTURO
Bastaría solo un poco. Apenas un poquitico de esos 100 000 millones de dólares que republicanos y demócratas acaban de poner en manos de Bush para que continúe masacrando al pueblo iraquí.
No mucho. No. Sino una pequeñísima parte de esa enorme suma destinada a matar a ancianos, hombres, mujeres y niños, para que vivan los ancianos, los hombres, las mujeres y los niños.
Quizás con un trocito de uno de los submarinos ingleses podría alcanzar para vacunar a millones de pequeñines que están muriendo ahora mismo, incluso hoy, sin saber siquiera que paradójicamente se celebra el Día Internacional de la Infancia. Su día: un día de discursos y promesas que ya hemos escuchado muchas veces y aprendido de memoria como aquellas poesías colegiales que declamábamos gesticulando indistintamente con uno y otro bracito hacia arriba y hacia abajo.
Podría pedirse algo de lo que Estados Unidos gasta anualmente en cosméticos o en alimentos para perros, gatos y otras mascotas hogareñas.
No. Nadie piense que estoy en contra de que las mujeres luzcan más bellas con un toque de cremas, creyones labiales o polvos faciales, ni que detesto a los perritos, gaticos, canarios o sinsontes, estos últimos, pobrecitos, siempre enjaulados para placer de sus carceleros que les niegan todo el espacio que los rodea.
No.
Pero amo mucho más al género humano. Y principalmente a los niños. Mientras más pequeñitos, más los amo, porque son esa especie de ternura hecha maravilla de sonrisas, pucheros, balbuceos, babeo, y las primeras palabras que suelen ser mamá o papá.
Siempre añoré haber sido pediatra, pero las circunstancias me llevaron a este camino de las letras, y si no puedo curar una enfermedad curable a un niñito, al menos me sobran palabras para denunciar como asesinos a los que se cruzan de brazos ante esas muertes inútiles, que suman miles y miles cada vez que amanece, y sumarán más mañana, cuando la noche dé paso al Sol.
Uno de cada cuatro niños vive en condiciones de extrema pobreza. Uno de cada 12 muere antes de los cinco añitos de edad, es decir, cuando debían estar aprendiendo las vocales y las consonantes, los números y las canciones y los juegos.
Más de 140 millones de niños no asisten a las escuelas, no porque no quieran aprender a leer y a escribir, que eso siempre es una tentación y cuando se logra es todo un acontecimiento. No asisten, sencillamente, porque nadie se ha preocupado por dotarlos de aulas, maestros, pizarrones, tizas, lápices, libretas y libros.
Otros 150 millones dejan la escuela antes de alcanzar el cuarto grado de escolaridad, que en este mundo actual de cibernética e informática es como el equivalente a los analfabetos de antaño.
Ni qué decir de 640 millones de pequeñines que carecen de viviendas adecuadas. De los más de 300 millones que jamás han escuchado un programa radial, ni visto una pantalla de TV, ni leído un periódico o una revista, y mucho menos saben que existe un aparato casi siempre gris, que se llama computadora, que se conecta con Internet y es capaz de permitir que uno viaje por toda la galaxia en cuestión de segundos, esos mismos segundos en que ellos van muriendo poco a poco, cuando sus muertes son perfectamente evitables, si se invirtieran solamente míseros centavos.
Casi la mitad de los muertos en las guerras son niños. Seguro que Bush los llama "daños colaterales" o "caídos bajo fuego de los terroristas".
Casi medio millón de niños son utilizados como carne de cañón en las guerras, y a la edad en que deben aprender a vivir, los enseñan a matar y a morir.
Más de 240 millones de niños trabajan muy duro en la agricultura y las industrias, por salarios de miseria, en largas jornadas que rayan en la esclavitud, desde los cinco añitos de edad.
Otros muchos, casi dos millones, principalmente hembritas, son conducidas a la fuerza o mediante engaños hacia la prostitución infantil, o utilizados como mercancías para tomar sus órganos en trasplantes que salvan las vidas o curan dolencias de otros niños, inocentes también como estos, pero cuyos padres cuentan con el dinero suficiente para salvar a los suyos pagando por la muerte o la mutilación de otros.
Solo haría falta el 14% de las riquezas de las 225 personas más ricas del mundo para proveer de alimentos, medicinas, educación y otras sencillas oportunidades a los niños más pobres de la Tierra, que no son marcianitos ni ET, sino niños iguales a todos los niños, nacidos de la misma fuente que todos los demás.
Muchos nacen con SIDA o han quedado huérfanos por causa de esta enfermedad.
A lo anterior se unen otros fenómenos como la contaminación de las aguas y el aire, la erosión de los suelos, la deforestación incontrolada, la desertificación que avanza cada vez más, el calentamiento global. Ahora, por último, se añade que pasarán más hambre, hasta morir de inanición, porque sus mazorcas de maíz o granos de frijoles serán utilizados no para calmar sus estómagos vacíos, sino para llenar los tanques de combustible de millones de automóviles, en los cuales ellos jamás irán de paseo, y si acaso un día podrán limpiarle el parabrisas, para ganarse unos centavitos.
Todo esto ocurre y las cifras nada tienen de comunistas y ni siquiera de izquierda. Son datos proporcionados por la UNICEF y reconocidos por algunos de los causantes de esas desgracias universales: el FMI y el Banco Mundial, el del escándalo por su presidente pagando astronómicos salarios a su queridísima noviecita.
La semana entrante, los grandes entre los grandes se reunirán en Alemania para volver a pronunciar discursos. Esos mismos discursos de siempre y de mañana.
Allí estará Bush, quien se ha negado a suscribir el Protocolo de Kyoto y la Declaración de los Derechos del Niño.
Y estarán sus socios y cómplices. Los cobardes que le dejan hacer. Y callan. Y otorgan. Y hacen como los tres monitos: se cubren los ojos, las orejas y las boca, para no ver, ni escuchar y mucho menos hablar, porque tienen mucho que decir, pero carecen del valor y la dignidad para hacerlo.
Volverán las páginas de los periódicos y los noticieros radiales y televisivos a informar de nuevas muertes en Iraq o Afganistán y ni siquiera habrá una lápida para la pequeña tumba donde va a yacer otro niñito víctima de la malaria, la neumonía, la poliomielitis, la diarrea o cualquier otra enfermedad, de esas que se curan sin muchas inversiones.
Pero para ello no hay dinero. Para matar, sí.
Para educar, no. Para hacer creer la cifra de iletrados, sí.
Para alimentar o dar de beber agua, no. Para matar de hambre y de sed, sí.
Cuba, bloqueada, amenazada y agredida desde hace casi medio siglo por Estados Unidos, país terrorista de Estado y protector de terroristas, presenta una realidad completamente diferente a esta macabra y trágica verdad.
Esos niños de que les cuento residen lo mismo en Somalia que en Francia o España o Japón o en los mismísimos Estados Unidos de América.
Con todo orgullo repito la frase del vicepresidente Carlos Lage ante la Asamblea General de la ONU: ¡Ninguno de ellos es cubano…!
Aunque le duela a Mr. W. y a su pandilla de genocidas, gracias a la Revolución del Comandante en Jefe Fidel Castro, desde 1959 en Cuba, los niños nacen para ser felices, y no hace falta ningún Plan Bush para salvarlos.














